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Para acceder a un cargo público, magníficamente remunerado, no se necesita oposición alguna, basta con saber hacer genuflexiones y derramar baba arrimándose, eso sí, al sol que más calienta dentro de esa fábrica de colocaciones para familiares, amigos, amiguetes y demás que son los partidos políticos. Si uno, además, es listillo y trepa la riqueza y la bonanza está servida; pudiendo, como plus, como bonificación, escupir sonrisas, cuando no carcajadas, al rostro de unos administrados que, como diría un niño-pijo, son parte de esa chusma que “huele mal” y no sabe vestir.

Estar en un cargo público no es sinónimo-rara vez lo es- de preparación, hasta el escurridizo Montoro lo ha tenido que reconocer (probablemente le traicionó el subconsciente). Es más bien el resultado de una lealtad perruna, aunque poco tenga que ver en realidad con la lealtad que estos animales muestran a sus dueños, al propietario y señor del partido o a las estructuras de poder del mismo; quienes imperan en las colocaciones digitales (a dedo quiero decir). Así, en muchos casos, los cargos públicos han devenido en el paraíso de los imbéciles.

El último en irrumpir en tan alto Olimpo ha sido el Secretario de Estado de Administraciones Públicas, Antonio Beteta, al que conscientemente apeo del don. Dispuesto a sostener, con la táctica de manual impuesta a todos los miembros del gobierno y del partido que lo sustenta, el argumentario pro ajustes-reformas-recortes ha cantado las bondades del ahorro que supondrá la expansión de la jornada de los funcionarios en 2.5 horas. Hasta ahí bien, pero, orgulloso, no ha querido dejar pasar la oportunidad de llamar, sin reserva alguna, vagos, improductivos e irresponsables a todos los funcionarios que hipotéticamente están bajo su sapiencia organizativo-directiva. Y se ha quedado más ancho que largo este profesional de la política que ha vivido cara al sol. Me refiero, naturalmente, al sol que más calienta. Este sujeto que vivió al sol de Esperanza Aguirre, ariscada señora que aún maniobra en la sombra para desplazar a Mariano Rajoy, y a la que procuró dejar para colocarse bajo los rayos luminosos y resplandecientes de un señor de Galicia que hoy ocupa la presidencia del gobierno. Está claro que Roma no paga traidores, pero desde el Imperio ha llovido mucho.

Este político, miembro de la casta privilegiada que lleva compartiendo el pastel con sus congéneres, ha ascendido al paraíso de los imbéciles y quiere seguir haciendo méritos. Se ve como un empresario británico de los comienzos de la revolución industrial. De esos que regulaban hasta el tiempo para hacer “pipí”, prohibía a los desgraciados obreros -esos que huelen y visten mal- que hablaran entre ellos para no perder el ritmo de producción (algo de eso también ha sugerido Cospedal cuando nos dice que tenemos que trabajar más, de ahí que de ejemplo con el pluriempleo), o que les ponía multas si silbaban. Y lo ha dejado claro. Ha sacado la fiereza de las charlas de café en lugares caros con individuos de su misma especie para amenazar a los pobrecitos funcionarios: “nada será como antes” (¡qué miedo han debido sufrir esta mañana varios millones de trabajadores!), ya pueden “olvidarse del cafelito y de leer el periódico”.  No cabe mayor villanía, ni mayor insulto. Y si estuviéramos en el siglo XVIII o XIX bien estuviera que se le cruzara la cara con un guante y se le retara a duelo singular a espada o pistola para lavar la mancha del honor.

Pero ojo, el tal Beteta, no ha hecho más que suscribir lo que con los hechos han demostrado, según parece, todos los Grupos Parlamentarios: que los funcionarios son unos inútiles. Por eso los Grupos Parlamentarios, en tiempos de recortes para todos (¿para la casta también?), se han autoautorizado para contratar asesores en vez de utilizar funcionarios. Entre otras razones porque los funcionarios, esos que toman el cafelito y leen el periódico (Sus Señorías lo leen en el I-Pad que les pagamos todos), cobran una tercera parte de lo que pagan a un asesor contratado digitalmente entre amigos, familiares y políticos de alta alcurnia sin tener donde caerse muertos tras perder la poltrona.

Podríamos pensar que estamos ante la boutade de un imbécil y conformarnos. Pero no, forma parte de una estrategia. No sé si Arriola, ese chico que según me dicen andaba por alguna oficina gubernativa en sus tiempos de ariscado opositor estudiantil, habrá sido el genio de la estrategia de la comunicación u otros de su estilo, pero lo que dicen, desde Rajoy hasta el último mindundi al que enchufan una alcachofa, responde a una estrategia de comunicación. El gobierno necesita que todos tengamos enemigos de clase (¡menudo tópico neomarxista me ha salido!) para que no asociemos la responsabilidad o la irresponsabilidad de lo que está pasando y de las decisiones que se toman al propio gobierno. ¿Y qué mejor modo de enfrentar a unos contra otros? Ahí está el meollo que diría un paisano, o la razón última que ampara declaraciones como las del tal Beteta (¡qué fáciles alegorías o metáforas me brinda su apellido mas a ellas renuncio!). Y si me equivoco reto al gobierno, a los populares y a sus fans (¡todo lo que hagan los míos bien hecho está!) a que de forman inmediata pongan a este sujeto de patitas en la calle, porque no es posible conformarse con un socorrido donde dije…

El mecanismo de la estrategia, resumido para terminar en breves líneas es sencillo: los funcionarios, ya se sabe, son unos vagos, por lo tanto es legítimo pisotearlos un poco. Y el resto de los ciudadanos piensa, es lo que se merecen. Tenemos que salvar la Sanidad por eso ajustamos el gasto a lo que es necesario y lo demás lo pagan los que lo necesiten. Y los ciudadanos ya piensan: mejor pagar un euro que pagarlo todo pero ignoran hasta qué punto les afectará la retirada de servicios. Tenemos que abaratar el despido porque así crearemos empleo. Y el ciudadano piensa: bueno, mal pagado y sin derechos, pero al menos trabajaré; aunque el paro sigue creciendo. Tenemos que… La resultante es que todos, acaloradamente, discuten entre todos: tú eres un vago y te lo mereces; tú un defraudador porque nadie controla lo que ganas porque eres autónomo; tú…

Hasta que al final vinieron a por mí, que diría Beltor Brecht.

 

PD: Mirando esta fotografía tomada de 20Minutos me preguntó: según el tal Beteta ¿Si don Mariano es un funcionario, que lo es, y toma un cafelito es también un vago, improductivo e irreponsable?

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gravatar.comAutor: Que reine Cristo

Los imbéciles y lameculos en realidad tienen una culpa limitada en este asunto porque hacen lo que se les supone, del mismo modo que las moscas acuden a la mierda y a la basura. Les es innato. La diferencia es que las moscas están hechas para eso y no pueden cambiar, mientras que las personas sí podemos cambiar y elegir el buen Camino.

Por eso el verdadero culpable es el sistema, que está hecho justo al gusto de trepas y medrosos, es decir, de los partidos. La gente es como es y gente mala siempre hubo y siempre habrá (hasta que nuestro Señor regrese), solo que según sea el sistema esa gente está bajo las botas o sobre los tronos, y el sistema actual está pensado para poner sacos de basura encima de los tronos. Cambiemos, pues, el sistema.

Sobre los funcionarios... pasa algo similar, en mi opinión, porque hay de todo y todos sabemos que hay demasiados funcionarios, con demasiados privilegios y no pocas veces con demasiada cara dura. No digo todos, insisto. Lo que debería de ser un sistema razonable, eficaz y eficiente de atención al ciudadano en realidad se ha convertido en un sistema clientelar vitalicio, clientelar en clave electoral y de propaganda del régimen, y de nuevo la culpa no es de los funcionarios porque se les ofrezca esas posibilidades y se acojan a ellas, la culpa es del sistema que las propicia y favorece con muy perversas intenciones.Y por cierto que es una forma mas de enfrentamiento y de generar envidias.

Y si lo del sujeto en cuestión responde a una política de comunicación entonces no necesariamente tiene que ser un imbécil el susodicho, pero si un sinvergüenza. Posiblemente sea las dos cosas. En cualquier caso si parece que responde a una línea de comunicación, o de despiste mas bien. Hace falta un chivo expiatorio, hace falta que defendamos a capa y espada a Repsol (y la gente entra al trapo), hace falta marear la perdiz con el asunto Gibraltar, etc... Cualquier cosa antes que nos fijemos en las canalladas que se hacen desde Moncloa.

Lo peor es que esto no tiene pinta de arreglarse bien porque los españoles estamos embrutecidos y campa sobre la piel de toro lo peor que podemos dar de sí. Esto parece que acabará reventando y muy violentamente. Si es que no llega antes la merecida y justa ira de Dios, para que limpie tanta inmundicia.

Un saludo.
Antonio Sánchez.
quereinecristo.blogspot.com

Fecha: 19/04/2012 18:02.


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