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Que la muerte de un personaje público, máxime si su dimensión ha sido importante, despierte la loa y el incienso no debiera sorprender. En este caso el beneficiario del aplauso ha sido Manuel Fraga Iribarne. Su partida de este mundo era algo esperado desde hacía unos días, por lo que ya tenían las redacciones preparados sus turiferarios y, llegado el caso, hasta las plañideras que después darán paso a las críticas y las descalificaciones. Los que tenemos un sentido trascendente de la existencia, y entre ellos incluyo a don Manuel, preferimos orar por su alma y mantener la independencia en el juicio sobre su peregrinar por la política española.

Fraga, catedrático, profesor, ministro de Franco y del Rey, capaz de retratarse brazo en alto y abrazando a Santiago Carrillo, hombre de frases y gestos rotundos en cualquier sentido, fundador de Alianza Popular, diputado, senador, presidente de la Xunta y también Procurador y Consejero Nacional del Movimiento en las Cortes franquistas. Fraga del azul mahón de las camisas falangistas al azul celeste un tanto decolorido de los populares. Fraga, inventor o difusor de la teoría del centro que siempre reclamó como su espacio político propio, aunque buscara como base de su construcción política explotar el franquismo sociológico (¿quién si no iba a votar a un partido preñado de ministros y diputados de Franco?). Fraga, frustrado presidente de la Transición, que no pudo guiar porque pese a trazar la hoja de ruta se dejó robar la cartera; impulsor del diario El País, que ideado como sostén del centro reformista acabó en la izquierda progresista; teórico-práctico del “café para todos”, como salida constitucional a las reivindicaciones de los mal llamados “nacionalismos históricos” (más bien debían rotularse histéricos); vendedor de las autonomías asimétricas, como vuelta de tuerca al intento de tender puentes con los hermanos conservadores separados de CiU o el PNV; padre de la Constitución de la Monarquía y ponente de una Constitución para don Francisco Franco; Ministro de Información y Turismo (el de las suecas y los bikinis) y Vicepresidente del Gobierno (el de Vitoria y Montejurra)… Todo eso y mucho más ha sido Manuel Fraga Iribarne.

Para muchos españoles Manuel Fraga Iribarne ha sido la encarnación icónica de la derecha carpetovetónica, casi el “macizo de la raza”, y del “bañador de Palomares”. Imagen que, por conveniencia política, por necesidades del guión, escrito o asumido, impuesto o autoimpuesto, aquiescente o no con los pilotos de la Transición, decidió asumir. Hombre al que es posible que le cupiera el estado en la cabeza pero que de tanto darle vueltas le salió la fe en el Estado de las Autonomías. Casado políticamente con esta formulación, hasta el punto de que se considere uno de sus méritos haber hecho a ese centro derecha comulgar con la rueda de molino de las nacionalidades, aunque ahora esté encantado con el invento porque casi todas son de “los nuestros”. Pero lo más importante, lo fundamental, es que Manuel Fraga no quería ser la derecha, aunque para muchos lo fuera, quería ser el centro. Fraga clamaba en los primeros años de la Transición que los enemigos de España eran el “marxismo y el separatismo”, porque era lo que tocaba y lo que gustaba a las señoras de derechas de toda la vida que, con abrigo y bandera, iban a oírle a él lo mismo que a Blas Piñar, a quien él, a su vez, acabó robando la cartera merced a la fama que los medios le dieron de lo que no era.

Como tantos otros, del rey abajo, Fraga tenía un pecado original que hacerse perdonar: Franco. Pecado incrementado por los luctuosos sucesos que le convirtieron en ogro para la izquierda callejeril y violenta de sus años de vicepresidente del gobierno de Su Majestad. Pecados que le han sido perdonados por sus servicios al sistema. Pecados sin aclarar, secretos que se ha llevado consigo, como el de aquellos sospechosos hechos acontecidos en Montejurra que permitieron acabar con cualquier “pretendiente” y en el que colaboró el poderoso Ministerio de la Gobernación que él regía.

He leído en varios obituarios que su gran mérito fue llevar a la derecha a la democracia (ya se sabe que para la izquierda la derecha nunca es democrática) y que, como él mismo decía, gracias a él en España no existe la extrema-derecha. Entre otras razones porque lo que sí supo hacer Fraga fue explotar hasta el máximo, especialmente tras la desaparición de la UCD, por desmoronamiento interno y por fracaso manifiesto como gobernante de Adolfo Suárez, jugando como nadie, los miedos de la derecha con la tesis de que cualquier cosa era preferible antes que la izquierda, utilizando hasta lo indecible la teoría del voto útil. Aunque en el camino no sólo quedara aplastada la mal llamada ultraderecha, que acabó votándole masivamente y ahí sigue, sino también la propia derecha que de la mano de Fraga fue abjurando de muchos de sus referentes ideológicos.

Manuel Fraga supo tejer un partido a su imagen y semejanza que sirvió para cauterizar y defenestrar a todos sus rivales políticos, a aquellos que querían ser la derecha. Fraga supo anestesiar y alienar a los españoles de derechas de toda la vida que le veían como su representante más fidedigno. Y en esa alienación han vivido y siguen viviendo, soñando con el día en que sus dirigentes acaben con las contemporizaciones coyunturales, necesarias para llegar al poder, y se muestren como son. ¿Ingenuos o autoengañados? Realidad paralela que Fraga hizo posible.

Todavía quien esto firma recuerda las sesudas explicaciones de los dirigentes de primera y segunda fila de Alianza Popular, refundada en el Partido Popular, sobre la maldad de la ley socialista del aborto -como recuerdo al PP movilizar su base social contra la ley eso sí a través de organizaciones pantalla-, sobre la táctica y la estrategia; sobre cómo cuando ganaran derogarían esa ley, cuestión que el propio Fraga había eliminado de su programa; o los enfados de los próximos de derechas, devotos de don Manuel, entre otras razones porque había sido ministro de Franco y con eso era suficiente para votarle, cuando, como “repelente niño Vicente”, cometía la imprudencia de recordar que tras sus tirantes con la bandera de España y demás accesorios propios entonces de los ultras Fraga se les había hecho autonomista. Hasta tal punto que, comentábamos más arriba, el hombre que le cabía el Estado en la cabeza también acabó haciendo que le entrara el inventillo del Estado de las Autonomías promocionándolo y desarrollándolo, y del que también se consideraba padre. Así pues, como “París bien vale una misa”, don Manuel acabó abjurando de sus críticas al Título VIII de la Constitución para pasarse con armas y cacharrería al puesto de preboste autonómico. ¿Quizás porque aquella oposición inicial sólo fuera una pose para que no se le desmandara el rebaño de la derecha? Aunque como si tal cosa, como si no hubieran pasado treinta y cinco años, bajo el balcón de Génova en las noches de resaca electoral, agitando banderas como posesos, se sigue escuchando el mismo pareado que en los mítines de AP en los años iniciales de la Transición: “¡España unida jamás será vencida!”. Lo mismo que gritaban los concentrados en la Plaza de Oriente en 1975 bajo la atenta mirada de Francisco Franco.  

Efectivamente, yo creo que el gran mérito de Fraga ha sido conseguir que en España difícilmente se pueda hablar de la existencia de la derecha, tal y como muchos la entienden, salvo que la reconozcamos en el espantajo conveniente y periódicamente agitado por la izquierda.

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