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No creo que el análisis de los resultados electorales, salvo que nos guste entretenernos en el humo de la obviedad, pase por constatar lo que desde la ya lejana convocatoria de estos comicios era un hecho: la victoria electoral, con la consecución de la mayoría absoluta, por parte del Partido Popular. Insistían los comentaristas, y supongo que también ocupará la mayor parte de las portadas de los periódicos del lunes 21 de noviembre, en que la noticia de la noche era la gran victoria de Mariano Rajoy.

Cierto es que se trata de un titular con unos entradillas inevitables, aunque probablemente en ellas no exista el mismo consenso: la primera, la tremenda derrota del PSOE y el anuncio de un Congreso Ordinario que no Extraordinario (detalle importante sobre el que convendrá detenerse en los próximos días); la segunda, la constatación de que existe una España, que vota o no vota, que aspira a que se rompa el bipartidismo; l tercera, la más negativa, el retorno de los proetarras con una importante presencia parlamentaria a las Cortes (Congreso y Senado), y en segundo término, pero dentro de la misma onda la fuerza parlamentaria que adquiere el bloque nacionalista que, además, respalda la espiral independentista que les domina y que tiene como objetivo y precio obtener el denominado “derecho a la autodeterminación”, paso previo para la independencia. Ante ello, en esta legislatura, el  Partido Popular tendrá que definirse.

Con todo, mañana o pasado, todo esto pasará a segundo orden porque España, por debajo de la pirotecnia electoral y pasada la resaca de la victoria, continuará bajo la amenaza de una posible intervención o, en el mejor de los escenarios, esclava de unos mercados que continuarán imponiendo intereses onerosos que dañarán irremediablemente el futuro económico del país. Y, sobre todo, porque pasada la euforia, el hombre que tendrá el mayor poder absoluto en España desde la Transición  tendrá que dejar la calculada ambigüedad de un discurso electoral pensado únicamente para evitar la pérdida de votos y conseguir la atracción de una parte del electorado descontento socialista. Pero a partir del día 21 de noviembre, o mejor dicho cuando sea investido como presidente, Mariano Rajoy no sólo tendrá una amplísima mayoría absoluta parlamentaria, sino porque, además, dominará territorialmente el país; poder territorial que se completará tras la anunciada victoria en los próximos comicios andaluces. Lo que significa que, si quiere, si se define ante la ola nacionalista, si se impone sobre el sistema clientelar de los barones autonómicos, podrá poner orden en el desorden autonómico, elemento clave para la recuperación económica de España.

Así pues, lo importante de la noche electoral no son los resultados sino la pregunta que pocos se han querido hacer, ¿y ahora qué? Hace unas semanas leía un comentario en el que se afirmaba que la calculada ambigüedad de Mariano Rajoy tenía como razón la existencia de un duro programa de ajuste que, de haberse debatido durante la campaña, pudiera haber frustrado la mayoría absoluta. Aunque también alguien se planteara la incógnita de si en realidad Mariano Rajoy no tenía programa oculto ninguno, y sólo el compromiso de cumplir con aquello que le indicaran los verdaderos detentadores del poder la UE y los mercados.

He escuchado con atención los dos discursos de Mariano Rajoy en la noche electoral y el anuncio de que a primera hora de “mañana” se ponía a trabajar. Resulta evidente que, como hasta mediados de diciembre los populares no ocuparán el poder, Mariano Rajoy está obligado a realizar anuncios sobre lo que quiere hacer e incluso dar muestras de su decisión a través de las medidas que pudieran adoptar sus gobiernos autonómicos, que tienen que cerrar su capítulo de gastos de cara al próximo año. Pero, entre líneas, por debajo del flamear de banderas de España y del PP, por debajo de los gritos del núcleo derechista del PP, los que clamaban “¡España unida jamás será vencida!”, Mariano sí ha hecho un anuncio trascendente: que cumplirá con la UE. Es decir con los dictados de la Unión Europea y del Banco Central Europeo, lo que tiene una única traslación al terreno de las medidas a adoptar: la implementación de un duro programa de ajustes y contención del gasto.

 

 

 

 

 

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