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Lo que hasta hace poco eran casi parabienes y sonrisas se ha transformado en preocupación, alarma y hasta en un airado “¡Hasta aquí!”. Los denominados indignados, nomenclaruta elevada a definición ideológica por los mismos que ahora se escandalizan y reclaman acciones contundentes, han cruzado “la línea roja”, han atentado “contra la democracia” y quieren “secuestrar la voluntad popular”, nos dicen. Y todo, simplemente, porque, en lógica con sus propuestas, las mismas que eran animadas desde medios de muy diverso color, se han vuelto de forma clara, sonora y rotunda contra la clase política. Ahora, que han pasado a mayores, los abucheados no son ni los banqueros, ni los explotadores y los damnificados no son ni los comerciantes, ni las tiendas, ni los cajeros automáticos, ni el mobiliario urbano.

Las imágenes de jóvenes y no tan jóvenes insultando con palabra gruesa a los políticos, de todo color, en Madrid, Valencia y Barcelona, me han recordado un cuadro de Goya visto a la inversa: son los hijos los que devoran a Saturno y éste tiene la misma mirada descompuesta e irracional que cuando él era el devorador. ¿Cómo ha sido posible se preguntan algunos? ¿Pero no eran de los nuestros, decían otros? ¿Cómo me han insultado a mí que defiendo sus propuestas?, debió pensar Cayo Lara mientras le gritaban, con toda la razón, “oportunista”. Y, hasta los adláteres de la Sexta, los opinadores rojiprogres, los que sueñan en rojo vivo, se quejaban de que los airados manifestantes no supieran diferenciar entre los que imponen los recortes, son súbditos de la patronal, la banca y las multinacionales y quienes se oponen a ellos con valor y coraje desde los cómodos escaños de los mil y un parlamentos de las Españas. Los que se presentaban como usufructuarios directos de la protesta, los mismos que la animaban, se han encontrado, de pronto, con que los indignados no distinguen entre un político y otro político, porque son todos miembros de la casta. Lo que, dicho sea de paso, han demostrado cuando todos se han visto zaheridos del mismo modo.

Como la izquierda es hábil, y la tontuna del mito progresista llega a los más recónditos lugares, ya tenemos la explicación. Existen dos movimientos de indignados: uno, el de los ideales del 15-M, cristalino, arcangélico y de izquierdas; otro, violento, antisistema y casi fascista cuyo propósito es acabar con la nueva primavera de los pueblos cantada por los bardos de la estulticia que pueblan los medios. Y ese 15-M bondadoso se solidariza con la casta agredida, porque toda ha sido vilipendiada cuando el objetivo de su ira sólo debería tener un único color: todo aquello que no fuera izquierda.

¿Qué está sucediendo? Simplemente algo muy viejo en los movimientos ideológicos: la rebelión de los cachorros. Existe una generación, cuya punta de lanza son los antisistema, los antiglobalización, los ocupa, los red-skin, y los denominados perro-flauta, pero que sociológicamente supera lo que para muchos no pasan de ser tribus urbanas de la modernidad. Esa generación es, en buena medida, la protagonista de estos movimientos, la base de los indignados jóvenes, la que se ha movilizado y ha acampado. Una generación educada por una amplia colección de progres burgueses de izquierda de salón que les han cantado las glorias del comunismo, el anarquismo, la revolución rusa, la revolución castrista, el Che,  y ahora la II República Española. Ese es su universo mitológico y el resultado es que aspiran a imitarlo y emularlo. Son los que se han quedado en las plazas y los que continúan movilizándose. Los medios y los opinadores, los mismos que ahora se quejan, han exaltado hasta la estulticia su “revolución”. Los viejos progres entrados en años veían en ellos sus vástagos, la resurrección del idolatrado “mayo francés” del 68. El mismo que Franco -que siempre tiene que acabar saliendo- les secuestró, frustrando a la intrépida Celia Villalobos blasonadora de su correr ante los grises (“que esos sí que pegaban y no los actuales angelicales antidisturbios”, nos razonó). Para esos progres envejecidos, los indignados del 15-M eran, hasta hace poco, los rescatadores del espíritu de la auténtica izquierda perdido tras la caída del comunismo y acorralada en Cuba; los que les retrotraían a las imágenes de sus asambleas universitarias destinadas a cambiar un mundo que después, cuando han estado en el poder, han hecho más burgués y menos sacrificado que el de sus padres a los que tan exaltadamente despreciaban por su conformismo. Eso sí orlado con la droga y el amor libre que tanto les gustaba. El problema es que para sus “indignados” el enemigo no es la derecha, es la casta política y el sistema. El enemigo que ha sepultado la añorada y exaltada revolución.

 

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laestanteria

gravatar.comAutor: luis

Pues para mí que a los políticos de Cataluña les faltó un poco de valor.

Fecha: 17/06/2011 18:59.


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