Nadie puede decir que está campaña electoral haya despertado el más mínimo interés entre los españoles; casi se podría decir que la han soportado con estoicismo disfrazado de pasotismo. Algo lógico, si tenemos en cuenta que para la mayor parte de los ciudadanos uno de los grandes problemas que tiene España es su clase política.

Lo que va a suceder el próximo veintidós de mayo ya está prácticamente escrito. Lo han dejado meridianamente claro, en los números globales, las encuestas. Cierto es que éstas no son la verdad absoluta y que en algún punto de la geografía puede darse alguna sorpresa, pero se tratará de hechos aislados que en nada variarán el veredicto. Cierto es que en algunas ciudades importantes la horquilla de concejalías deja un cierto resquicio a la incertidumbre, pero nada más. Sin embargo, los números globales parecen estar claros: el Partido Popular será el vencedor de las próximas elecciones autonómicas y probablemente también lo sea en las grandes ciudades. Pero eso no es algo que debiera sorprendernos, no sólo por el desgaste del gobierno y el efecto de castigo que van a sufrir las listas socialistas, sino también porque, independientemente de la situación el Partido Popular partía con ventaja.

Victoria ventajista porque no se vota en dos de los principales graneros de voto socialista (Andalucía y Cataluña); porque sí se vota en las Comunidades en las que el PP se sitúa por encima del 50% de los sufragios (Valencia, Murcia y Madrid), lo que se traduce en varios millones de apoyos (a ello podríamos sumar los altos porcentajes que obtienen también en Castilla-León y Galicia). Las diferencias de voto entre PP y PSOE en muchas de las Comunidades en las que se celebran elecciones son abismales: mientras que el PP se sitúa en tantos porcentuales que se mueven entre un 53% y un 62%, el PSOE lo hace en una horquilla que va del 25% al 35%. El efecto ZP hará, incluso, que el Partido Popular incremente sus apoyos en sus grandes graneros de voto.

Si resulta evidente que el PP ganará en número de votos al PSOE en las elecciones autonómicas, cuyos resultados sí pueden ser extrapolables en esos lugares a unas generales, lo fundamental, la clave de estas elecciones, que para el Partido Popular son antesala de las próximas generales, reside en la batalla por el poder territorial en Aragón, Cantabria, Extremadura y Castilla-La Mancha. Estas dos últimas son los auténticos puntos calientes de estas elecciones, porque se trata de dos Comunidades tradicionalmente de voto socialista absoluto en Extremadura y relativo en Castilla-La Mancha. Si el PSOE pierde el gobierno de Castilla-La Mancha será un revés muy importante, pero si pierde también Extremadura será el indicador real de que existe un declive imparable de la marca socialista constituyendo un precedente para las próximas elecciones andaluzas. En Ferraz saben perfectamente que si pierden allí el fin del socialismo es seguro y que como algunos anuncien tarden décadas en volver a la Moncloa.

No parece probable que el PSOE pierda en todos sus feudos, entre otras razones porque las diferencias porcentuales son pequeñas y el socialismo siempre ha mejorado los resultados de las encuestas. Tesis que parece compartir el PP cuando ha optado por centrar sus esfuerzos en Castilla-La Mancha donde, además, se juega el futuro político de María Dolores de Cospedal. Para Mariano Rajoy ganar en una de estas dos Comunidades será una prueba evidente de que está en el camino correcto hacia la Moncloa.

El PSOE juega a evitar la debacle. Ese es su objetivo. En Ferraz son conscientes de que, dada la particularidad de estas elecciones, las diferencias totales en tantos porcentuales no será tan amplias como las que reflejan las encuestas, lo que le permitirá mantener la ficción de que la recuperación es posible. Si el PSOE consigue mantenerse en Extremadura, Castilla-La Mancha y salva, mediante pactos, Aragón o Cantabria será todo un triunfo. Si gana en Extremadura y Castilla-La Mancha significará que la marca PSOE aún no está agonizante, aun cuando sí lo esté el presidente. Una derrota total, abriría la catástrofe en Andalucía y el hundimiento de la marca PSOE.

Aún, ante el más negro de los horizontes, José Luis Rodríguez Zapatero mantiene su optimismo. Una victoria casi total de los populares con la pérdida de Cantabria, Asturias, Aragón y Castilla-La Mancha estima que supondrá, para ellos, un desgaste permanente en los próximos meses, ya que tendrán que aplicar los recortes de los que no se está hablando en la campaña.  Lo que, ante un mapa de poder territorial marcado por la hegemonía popular, espera José Luis Rodríguez Zapatero es que la aplicación de esos recortes, que será inmediata tras las elecciones, erosione a los populares y permita a la marca PSOE una recuperación. Ahí está la clave de las elecciones y de las inminentes primarias socialistas. En función de lo que ocurra tendremos: si la derrota es absoluta a Rubalcaba sin primarias, pero si la derrota es dulce Chacón o Pajín probarán suerte.

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